MIEDO A VOLAR NI SE IMAGINA LAS CAUSAS

Gaspar de La Serna
Médico · Psicoterapeuta · Consultor europeo en EMDR · 
Miembro de la Asociación Europea de EMDR

El libro que cambia la concepción del miedo a volar y su tratamiento

Cuando algo carece de lógica, la razón está en el subconsciente

El número de accidentes aéreos fatales al año por millón de vuelos ha ido reduciéndose progresivamente desde los años sesenta hasta hacerse cercano a cero desde el inicio de siglo. De hecho, en 2017 no se registró ni un solo fallecimiento en ninguna parte del mundo en aviones a reacción de líneas regulares de pasajeros.

Es cierto que en 2018 se ha producido algún accidente espectacular, como en otros años, pero ello no altera la realidad estadística de que la tasa anual de accidentes aéreos mortales por millón de vuelos también este año vaya a resultar cercana a cero.

El miedo a volar, desde un punto de vista estadístico, racional, carece de sentido. Cuando algo carece de lógica, la lógica está en el subconsciente.

Las razones ocultas del miedo a volar

Nunca han dejado de sorprenderme las auténticas causas del miedo a volar. Si me sorprenden es porque, verdaderamente, nada tienen que ver con los aviones en sí mismos o malos vuelos o noticias de catástrofes repetidamente difundidas por los medios de comunicación.

Todas estas aparentes causas pueden actuar como disparadores de las auténticas causas ocultas en la mente subconsciente de cada sujeto. A veces, permanecen adormecidas, incluso, durante decenas de años, permitiendo que el pasajero vuele con total normalidad hasta que un acontecimiento posterior, anodino para los demás, las activa. No existe una causa igual a otra porque dependen de vivencias personales completamente diferentes cuyo único vínculo común es que acabaron originando aerofobia.

La historia, en la mayoría de los casos, es tan sorprendente que se me ocurrió que podrían ser narrados, como si de mini novelas policíacas se tratara, desvelando el misterio que se escondía detrás. Estoy seguro de que su lectura resultará amena, entretenida; pero, no es entretenerlos lo que me llevó a escribir este libro que presento sino ayudar a aquellos que tienen miedo a volar a descubrir de dónde puede proceder su malestar, y cómo resolverlo, ya se manifieste como una simple incomodidad o auténtico pavor.

Conocer los acontecimientos que dieron lugar a la fobia no hace que desaparezca

Averiguar los acontecimientos que dieron lugar a la fobia no hace que esta desaparezca. En ocasiones, el paciente conoce perfectamente el suceso causante y lo ha relatado a sus allegados repetidamente sin que disminuya la intensidad del malestar. Es necesario desactivar el recuerdo o recuerdos pertinentes para que dejen de limitar al sujeto. Se logra trabajando con el subconsciente mediante un abordaje psicoterapéutico que más adelante indicaré. Luego, el paciente, liberado, podrá volar y disfrutar de su viaje al fin.

Sé que todo esto pueda sonar un poco extraño. Haré unas sencillas reflexiones que espero puedan ayudarnos a comprender el problema.

¿Lo tomarán? - Libro “Miedo a volar. Ni se imagina las causas”
¿Lo tomarán?

El miedo a volar es adquirido

La aerofobia, es adquirida. Nadie nace con ella, del mismo modo que nadie nace con miedo a pillarse los dedos en una puerta. Son las experiencias las que, para todo en la vida, nos irán enseñando y condicionando, para bien o para mal. Desde el punto de vista de la seguridad, es adecuado que aprendamos que no hay que pillarse los dedos; pero, si lo que hemos aprendido es a temer volar, nuestra experiencia nos ha hecho un equivocado favor porque ningún medio de transporte, incluido el caminar, es tan seguro como hacer el viaje en avión.

Sin embargo, este dato incontrovertible, conocido por muchos de los que tienen el problema, no ha hecho, en modo alguno, que cese su miedo. Ello significa que hay algo más allá de lo puramente racional que está influyendo. De forma más clara, en los pacientes que relatan espontáneamente que no tienen miedo a morir, que no temen que el avión se caiga o explote en el aire, que no padecen claustrofobia, pero que, sin saber por qué, el avión les produce una angustia tal que les impide volar.

Un mero “bache” en el aire puede hacer que alguien mire alrededor molesto porque se le ha movido el libro y retome la lectura despreocupadamente, que una excursión colegial lo festeje y pida más y que otra persona pueda aferrarse aterrorizada a los reposabrazos de su asiento y prometerse a sí misma que, si sobrevive, no volverá tomar otro avión en su vida. ¿En dónde estriba la diferencia? ¿Por qué las personas reaccionan de manera distinta, incluso opuesta, ante la misma vivencia? Esa es la clave del miedo a volar.

La clave de la aerofobia

Para que una persona rehúse volar, a partir de una incidencia que a otros no marcó, es necesario que alguna experiencia de su vida pasada la hubiese dejado, previamente, sensibilizada, condicionada. Normalmente, el sujeto no tiene idea de cuáles han sido esas experiencias, pero permanecen almacenadas en su memoria. Han de buscarse el recuerdo o recuerdos originarios, desactivarlos, y el temor a volar desaparecerá.

La seguridad técnica, racional, no vale de mucho

Pensemos en lo que se supone es la más frecuente causa de miedo a volar: la desconfianza en la tecnología y las personas que deben velar por que todo funcione correctamente, desde los ingenieros hasta los meteorólogos, pasando por los mecánicos de mantenimiento, pilotos… Si las claras estadísticas acerca de la incidencia de accidentes en los distintos medios de locomoción no valen para dar la suficiente seguridad a un sujeto es porque, en algún momento de la vida, ha aprendido que no puede fiarse, que el peligro, digan lo que digan las estadísticas, existe y le va a tocar a él. Ha aprendido a recelar y, en circunstancias en que depende de tecnología desconocida, no se fía. Por eso, desde hace años, existen para los aerofóbicos cursos para perder el miedo a volar en que se enseñan desde los principios aerodinámicos que hacen imposible que un avión caiga a plomo, hasta detalles técnicos de todo tipo que van desde si pueden desprenderse las alas hasta si falla un ordenador de a bordo, pasando por la parte humana relativa a formación de los pilotos, etc. Si el sujeto con esa información siente (siente, sí; pensar es otra cosa) que volar es suficientemente seguro, habrá desaparecido su problema, pero, en muchos casos no es así porque la sensación de inseguridad adquirida en la vida va más allá de cualquier explicación técnica razonable y suele afectar a otras áreas de la vida del individuo.

He tratado a un paciente, ingeniero de profesión, cuyo caso describo en mi libro, acostumbrado a trabajar con turbinas idénticas a las de los aviones. Había estudiado por su cuenta, además, cada detalle de peligro potencial en un intento de hacer desaparecer su fobia mediante la adquisición de conocimientos técnicos suficientes que ratificaran su idea teórica previa de lo extraordinariamente seguro que resulta volar. Llegó a la conclusión de que volar era plenamente seguro. La seguridad técnica, racional, no le valió de nada. Por ello, en los cursos de cómo perder el miedo a volar suelen, además, enseñar técnicas de autocontrol y relajación. Lo malo, es que esas técnicas son difíciles de adquirir y dominar y que, en el momento clave, la mayoría de los aerofóbicos son incapaces de ponerlas en marcha porque el miedo, en ese instante, supera la razón y la capacidad de refrenarse lo suficiente como para instaurar la relajación.

La terapia EMDR permite desactivar las vivencias causantes. El sujeto volará sin malestar

Otra paciente mía, regresando de un viaje de vacaciones, se dio cuenta de que estaba encinta. Pasó todas la horas que duró el viaje transoceánico llena de angustia y miedo por la certeza de que aquel embarazo no era de su marido sino de una relación que días atrás había mantenido. Tendría que confesárselo a todos: su marido, su familia… El matrimonio se rompería. A partir de aquel momento, avión y angustia eran lo mismo para ella. La circunstancia de su embarazo, de la que se percató en vuelo por casualidad, habría podido hacérsele consciente en una cafetería o en cualquier otro sitio, pero, por producirse en la cabina de pasajeros, sin poder salir durante horas, su malestar emocional quedó ligado a los aviones.

Explicarle a este tipo de pacientes detalles técnicos de los motores, los radares, el tiempo de descanso de los controladores aéreos o cualquier otro detalle de seguridad aérea, no valdrá de nada. Tal vez si toman tranquilizantes o aprenden a relajarse puedan viajar un poco mejor, pero parece carecer de sentido recurrir a este tratamiento meramente sintomático y, en general, insuficiente. Lo oportuno sería poder romper el nexo que sus circuitos neuronales establecieron entre aquel recuerdo preocupante y el volar, objetivo posible trabajando los recuerdos implicados con un abordaje psicoterapéutico como EMDR que permite trabajar con el subconsciente reprocesando el recuerdo, desactivándolo y desensibilizando al sujeto de modo que volará sin sentir ningún malestar.

Las personas que padecen aerofobia suelen tener, conjuntamente, otros miedos y limitaciones: a las enfermedades, a la oscuridad, a los malhechores, a las intervenciones quirúrgicas, a quedarse sin agua para beber, a las tormentas, a tomar ascensores, a hablar en público y una larga lista de posibilidades individuales, propias de cada sujeto. Frente al curso de cómo perder el miedo a volar tradicional de las aerolíneas, EMDR tiene, además, la ventaja de erradicar, simultáneamente, todos sus miedos y limitaciones particulares al desactivar las vivencias raíz que los originaron.

Libro “Miedo a volar. Ni se imagina las causas”

En mi libro “Miedo a volar. Ni se imagina las causas.”, además de comprender a través de los casos reales cómo funciona la mente humana y se adquiere la fobia, entenderá también cómo es el proceso psicoterapéutico denominado EMDR, descubierto por la psicóloga norteamericana Francine Shapiro, pilar fundamental en mi práctica clínica. Con su lectura se dará cuenta de que muchos otros padecimientos psicológicos, al margen de las fobias, tienen la misma estructura en nuestras redes neuronales y podrán ser detectadas sus causas de idéntico modo, y desactivadas, logrando la curación del paciente que dejará de tomar fármacos para controlar sus síntomas porque, simplemente, habrán desaparecido.

Este libro creo que puede ser una herramienta muy útil para preparar a los pacientes que vayan a ser tratados de aerofobia por otros colegas. El conocimiento del proceso hará que la colaboración pueda ser más directa y fluida y el enfoque resulte mucho más sencillo.

Encontrar un psicoterapeuta EMDR acreditado

Si desea encontrar un psicoterapeuta adecuadamente formado en EMDR cerca de usted en España, puede buscarlo en la página web de la Asociación EMDR España. En ella tendrá acceso a sus datos y se le indicará el nivel de competencia y formación.

Para otros países, hispanoparlantes puede consultar aquí.



El Autor
GASPAR DE LA SERNA VARELA
  • Médico
  • Psicoterapeuta
  • Consultor europeo en EMDR
  • Miembro de la Asociación Europea de EMDR

De siempre le ha fascinado la mente humana. Siendo muy joven, se propuso estudiar medicina para investigar sobre cómo obtener el máximo rendimiento de las capacidades no suficientemente aprovechadas del cerebro. Con ese fin, trabajando como médico rural, dedicaba media jornada a investigar como colaborador en el Departamento de Neurofisiología de la Universidad de Santiago de Compostela.

En pocos años, constatando que en el siguiente cuarto de siglo sólo podrían esperarse descubrimientos tan básicos que no le permitirían llegar a alcanzar su meta, pasó al mucho más pragmático estudio de la aterosclerosis, proceso que da lugar en las arterias a la ocurrencia de infartos. Participó con ponencias en congresos de la Sociedad Española de Arteriosclerosis publicando, en solitario, en su revista y en revistas internacionales de gran impacto mundial.

Por entonces, en su quehacer como médico de familia, el destino lo llevó a tener que atender, separadas por escasas semanas, a dos chicas, poco más que adolescentes, que habían intentado suicidarse. En pleno medio rural, sin psicólogos o psiquiatras, los padres, agricultores, no podían permitirse, en aquellos tiempos, llevarlas a la ciudad para recibir terapia. Fue el desencadenante para que volviera de nuevo la mirada al cerebro, a la mente, y se volcara en su formación en esta materia hace ya más de veinticinco años. Tras haber pasado por la psicoterapia cognitivo-conductual como modalidad preferente durante muchos años, en la actualidad utiliza, fundamentalmente, EMDR, abordaje psicoterapéutico que le permite trabajar con el subconsciente llegando ahora a metas que nunca hubiera imaginado.


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